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El sofisma económico del «proteccionismo»

Sofisma proteccionismo

«El arte de la Economía consiste en considerar los efectos más remotos de cualquier acto o política y no meramente sus consecuencias inmediatas; en calcular las repercusiones de tal política no sobre un grupo, sino sobre todos los sectores.»
— Henry Hazlitt

«Ensáyese imaginar una forma de trabajo impuesta por la fuerza que no constituya un atentado a la libertad; una transmisión de riqueza por la fuerza, que no sea un atentado a la propiedad. Al ver que aquello resulta imposible, debe reconocerse que la ley no puede organizar el trabajo y la Industria, sin organizar la injusticia.»
—Frédéric Bastiat

La luminaria del «proteccionismo»

Existen diferentes medidas políticas intervencionistas que bajo la premisa de buscar estimular la economía nacional, desarrollar las industrias domésticas, incrementar el trabajo o los salarios, incrementar la recaudación fiscal para poder reinvertir después, e inclusive hacer más competitiva la economía nacional frente la extranjera,  conllevan un sofisma económico común: el proteccionismo. Fréderic Bastiat menciona el discurso que esgrimen aquellos sofistas, defensores del proteccionismo:

«Dirá que el Estado debe protección y fomento a su industria; alegará que es bueno que el Estado lo enriquezca, porque siendo rico, gastará más, derramando así una lluvia de salarios sobre los obreros pobres. Hay que guardarse de escuchar a este sofista, pues es justamente por la sistematización de tales argumentos, como quedará sistematizada la expoliación legal. Es lo que ha ocurrido. La quimera de hoy es la de enriquecer a todas las clases, las unas a expensas de las otras; es la de generalizar la expoliación bajo el pretexto de organizarla

Ya sea por medio de aranceles (al valor o al volumen), subsidio a la exportación, barreras administrativas, compras estatales, exigencia al contenido nacional, restricciones voluntarias de la exportación; estas políticas solo buscan el beneficio de las empresas locales a expensas de los consumidores que en cualquier escenario resultan perjudicados, no obstante, también las mismas empresas protegidas pueden resultar perjudicadas. Primero, habrá que explicar el impacto de las políticas del proteccionismo y preguntarse lo que se ve y lo que no se ve[1].


Efectos inmediatos sobre quienes amortizan sus consecuencias

Entre sí, las políticas comerciales no distan demasiado entre sí, por lo que tomaré la más común como ejemplo. El arancel es una medida que beneficia al productor nacional a expensas del consumidor, en el cual el gobierno grava un impuesto sobre las importaciones, que no solo encarece las mercancías importadas, sino que le asigna un precio artificial a la mercancía con relación a su precio real en el mercado internacional. Por consecuencia, al encarecerse las importaciones tiene un doble efecto inmediato, los exportadores extranjeros tendrán que bajar sus precios para poder estabilizar la imposición arancelaria y buscar competir, percibiendo menor utilidad (lo cual también repercute en el ajuste laboral en vista de que los costos de producción se ven afectados); y por otra parte, la empresa o el sector protegido, puede ofrecer mercancías debajo del nuevo precio al que se elevaron las importaciones (esto puede permitir a las empresas elevar sus precios de venta nacional).

Otro caso es la subvención a las exportaciones, la cual es incluso más nociva para la economía nacional, pues generalmente va acompañado de la imposición arancelaria para que el productor nacional no se vea desplazado, pero es peor aún, porque no solo los bienes extranjeros se encarecieron tras tal medida, sino que la subvención implica mayor fiscalización a los contribuyentes, es decir, el gobierno no puede dar algo sin antes quitarlo previamente bajo la expoliación legal. Entonces los consumidores amortizan en su contra tal medida en dos rubros directamente contra su voluntad y poder adquisitivo a sus expensas en beneficio de los  productores ineficientes que podrán generar dependencia y no los resultados que se esperaría para que fuesen competitivos. Quienes asumen los riesgos son los contribuyentes, nunca el gobierno, pues se grava a los que generan su prosperidad para auxiliar a los ineficientes, a los ruinosos: una empresa eficiente no necesita subvención.

Pueden también establecerse otras medidas que afectarán a los consumidores, beneficiarán al gobierno en unos casos y del mismo modo a los productores. Pero estas medidas proteccionista no solo inhiben parcialmente a la competencia, sino que pasa por alto que al perderse el incentivo de mejorar o innovar para no ser desplazado por la competencia, a la par de que la forma en que una empresa se vuelve exitosa es conforme mejor sepa satisfacer las necesidades de los consumidores, creando nuevos productos, mejorando su servicio o atendiendo nuevas necesidades.

Esto quiere decir, que si los consumidores quieren maximizar su beneficio acorde la valoración subjetiva de lo que decidan consumir, esta medida les es perjudicial, al hacerle inaccesible y más caros ciertos bienes de los que quiera disponer, por lo que para disponer de aquellos bienes que cumplan con su expectativa, tendrán que destinar una cantidad adicional para poder adquirirlos, la cual ya no podrá destinar para otros rubros. A su vez, al hacer casi incosteables los bienes de su preferencia, los bienes nacionales no necesariamente son de la calidad que desea el consumidor: el poder adquisitivo del consumidor se perjudica bajo la inflación de los nuevos precios.

Lo que no se vio: la lección

Lo que no se vio fue, que los beneficios que buscan obtener se pierden y genera efectos negativos en una mayor contrapartida. En el caso del consumidor, al poder haber accedido a bienes a precio de mercado no solo habría satisfecho su necesidad, sino que también con lo que no se destinó al arancel u otra medida proteccionista pudo consumir no solo más del mismo bien, sino pudo consumir de otros bienes de otras empresas, por lo que al existir inversión contribuye al mantenimiento de otros empleos conforme puede consumir más; pero por la medida proteccionista, tuvo que prescindir de consumir más.

Entonces, al buscar beneficiar al productor nacional, se puede afirmar que el proteccionismo es la práctica por excelencia del mercantilismo de estado (corporativismo). Quien logra beneficiarse es el gobierno que recauda entre más gravámenes imponga, e impida competir, además de hacer escasear y encarecer los bienes extranjeros. Al conceder protección, concede un privilegio ilegítimo. No se puede dejar de lado que la recaudación fiscal que se obtenga por las medidas proteccionistas esté exenta de conflictos de interés. Análogamente es perjudicial para los productores protegidos, ya sea porque se encarezcan los insumos, o porque también a fin de cuentas son consumidores y tendrán que prescindir de más capital para poder adquirir lo que deseen consumir, pero hay más: en encarecimiento de los otros bienes e inclusive los propios del productor que está protegido, dejan de ser consumidos en medida que los consumidores pierden poder adquisitivo.

Por otra parte, los impuestos, y la fiscalización, disminuyen el consumo, la inversión, la creación de empleos y el crecimiento económico. Es decir, no se toma en cuenta que lo que se consuma del exterior, el flujo monetario podría también ser invertido hacia el país de origen. No se ve lo que se deja de consumir, lo que se deja de producir, lo que se deja de ganar, las oportunidades de inversión (tanto entre nacionales como inversión extranjera directa). La libertad conlleva competencia, y el proteccionismo reduce la oferta en el mercado, pero la demanda al estar dada, termina concediendo oligopolios.

Casi como ley económica debe buscarse cumplir al menos dos principios: 1) tener la mayor productividad con el menos esfuerzo, y 2) no producir lo que sea más barato de conseguir en el exterior, que de otra forma podría producirse con mayor costo y menor calidad. Y si ha de emprenderse, no debe ser bajo privilegios ilegítimamente concedidos, sino aprovechar las oportunidades de los mercados sin atender o explotar uno nuevo. La libre competencia sin intervencionismo es lo deseable: trae abundancia, más ofertas, calidad, y precios competitivos.

 


[1] En referencia a la obra de Fréderic Bastiat llamada así homólogamente, la cual exhorta a no solo considerar los efectos inmediatos sino también los remotos.

Caesar D'Anconia

Caesar D'Anconia

Estudiante de Relaciones Internacionales, administrador de Felino Libertario, y asistente de investigación en la Dirección de Investigación de su universidad. Amante de la libertad y su promoción, egoísta por convicción, pragmático y un truhan ávido en el debate. Sus temas recientes de investigación tratan sobre integración y autonomía regional en América Latina y el Caribe, crisis política, instituciones regionales, seguridad y gobernanza, aunque también es analista del panorama internacional. No obstante, los temas que le apasionan son sobre economía, política e historia, así como la conjunción entre esas ciencias. Fanático radical de los gatos, autodidacta y sediento insaciablemente de conocimiento.

One Comment

  1. El proteccionismo no es un sofisma. Lo que sucede es que no se puede mezclar el proteccionismo con el marxismo, porque aquel desvirtúa el sentido de la apropiación de los medios de producción. Es la política principal del nacionalismo para las industrias locales, pero desvirtúa el sentido de propiedad regional, ya que el mismo no asegura una verdadera redistribución. Es la mano derecha de los procesos populistas y revisionistas en pos de asimilar a la masa. Lógicamente que siempre es mejor que el libre mercado para países pobres como lo son la mayoría de américa latina.

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