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Liberalismo y riqueza (II)

En mi anterior artículo hablé sobre las dos formas de crear y acumular riqueza. Lo que Franz Oppenheimer llamó ‘medios económicos’ y ‘medios políticos’. Los primeros son los medios voluntarios, pacíficos, el mercado. Los segundos son los medios de la coacción y la violencia.

En este artículo quiero seguir por ese camino y desmentir la falacia de que el liberalismo económico beneficia a los ricos. Es un invento de aquellos que quieren planificar (aún más) la economía, con un discurso anti-ricos, englobando a todas las fortunas como conexiones entre economía y política. Es decir, hablan de que se enriquecen mediante el robo (en sus términos: plusvalía), las disposiciones legales a su favor, un mercado desregulado y engloban todo ello dentro de un capitalismo «neoliberal» dominante en el mundo, que hace crecer la desigualdad y la pobreza, dicen.

El liberalismo -económico- se caracteriza por la separación entre economía y política. La menor intervención posible del Estado en la economía. ¿Beneficia a los ricos? No. En un marco institucional liberal no hay cabida para la corrupción y las conexiones entre políticos y empresarios o grupos de interés, para crear leyes a su favor, que les permita enriquecerse mientras el resto no puede acceder a dicha riqueza. La igualdad ante la ley y la competencia anulan esos incentivos perversos y crean la posibilidad de que el más pobre, con el paso de los años, trabajo duro, emprendimiento, etc. pueda llegar a ser uno de los más ricos.

En el mercantilismo se produce una desfiguración del capitalismo. En él sí existe interés de que ciertas empresas o personas físicas controlen el mercado. La concentración de la riqueza se produce mediante la intervención del Estado en la economía: subvenciones, manipulación de la moneda, fábricas financiadas por el Estado (manufacturas reales), monopolios, aranceles a las importaciones y prohibición de exportaciones en ciertos productos, entre otras medidas. Aquí sí existe beneficio a los ricos, mediante conexiones con el poder, que en la Europa mercantilista eran reyes absolutos, nada que ver con políticas económicas liberales.

En el capitalismo de libre mercado, en ausencia de conexiones entre política y economía, puede haber posibilidad de que cualquier persona alcance el nivel de vida que tenga en mente. En sistemas económicos (como el mercantilismo, el proteccionismo, el socialismo, etc.) donde sí hay esas conexiones, no todos pueden alcanzar el nivel de vida que deseen, solo aquellos que pertenezcan a la dinastía, oligarquía o del estilo, pues la riqueza siempre estará en las mismas manos.

Es fácil, comparen quien era el más rico de Cuba hace 50 años y quien lo es hoy. Verán que ambos son Castro. Hagan lo mismo para un país como EEUU, Canadá o un país europeo y verán que no tiene similitud el más rico de hace 5 décadas y el de la actualidad. La lista Forbes lo corrobora: los multimillonarios cambian en cuestión de pocas décadas y el patrimonio se esfuma si no se sabe cuidar.

Solo hay movilidad social en aquellas economías abiertas, más libres. Eso es lo que deberíamos defender todos. Liberalismo económico, posibilidad de progreso para todos, no solo para unos pocos, cercanos al Poder. Por tanto, como he tratado de explicar en estas líneas, el liberalismo no beneficia a los ricos, sino a los pobres, pues el libre mercado, la igualdad ante la ley y la ausencia de conexiones política-economía les permite poder ir ascendiendo en la escala social y llegar a ser lo que desee, como han demostrado a lo largo de la historia varios ricos que empezaron desde abajo, como los creadores de Google, quienes empezaron en un garaje y en poco tiempo desbancaron a Yahoo! y similares; Amancio Ortega, quien comenzó con una tienda de batas; el actor Dwayne Johnson, quien solo tenía $7 en el bolsillo y ahora es de los mejores pagados de Hollywood. Y así, multitud de ejemplos más.

David Muñoz Lagarejos

David Muñoz Lagarejos

Graduado en Ciencia Política y Gestión Pública por la Universidad Rey Juan Carlos. Estudiante de Economía en la UNED. Liberal por voluntad propia. En constante movimiento en la batalla de las ideas, para dar a conocer la libertad, secuestrada por todo tipo de ideologías colectivistas.

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